Esta provocadora frase del cineasta Peter Ustinov no sólo es una manera humorística de evidenciar las tendencias estéticas actuales. También es una forma de alabar la capacidad adaptativa de los grandes clásicos. Porque algunos de ellos, además de ser extraordinarios artistas, también eran verdaderos maestros del marketing.

 

Sandro Botticelli: filosofar con el pincel

Este magnífico pintor florentino pertenece a la tercera generación cuatrocentista y a lo que Vasari denominaría la edad de oro del arte de todos los tiempos. A pesar de no haber nacido en una familia de artistas, tuvo la suerte de ser recibido en el taller de Fray Filippo Lippi, que tendría una enorme influencia en la vida del brillante aprendiz.

No sólo en cuanto a estilo pictórico, sino también en cuanto a trayectoria profesional. Gracias a su recomendación, Botticelli llegó a trabajar para la familia más poderosa de Florencia: los Medici.

Entabló una estrecha relación con Lorenzo el Magnífico, que le garantizaría encargos constantes, un ambiente propicio para poder difundir su obra e –igualmente importante- protección política dentro del convulso contexto social que la ciudad estaba atravesando.

Tanto es así que, a pesar de que Vasari nos lo señale como piagnone (seguidor de la revolución religiosa de Girolamo Savonarola), Botticelli pudo permanecer en Florencia con sus bienes intactos, mientras que el líder religioso era llevado a la hoguera por la Inquisición.

Pero, quizás, el aspecto más interesante radique en su estrecha relación con la famosa Academia platónica florentina, encabezada por Marsilio Ficino e integrada por los intelectuales más destacados de su tiempo.

Aquí Botticelli hizo más que debatir ideas: se convirtió en el pintor que mejor forma visual supo dar a esta filosofía que marcaría buena parte del Renacimiento. Quinientos años más tarde, sus cuadros siguen siendo la portada insuperable del neoplatonismo florentino.

Sandro Botticelli: La Primavera (1480), Galería Uffizi, Florencia
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Sandro Botticelli: La Primavera (1480), Galería Uffizi, Florencia

Rafael Sanzio: un inteligente modelo de trabajo

Rafael es uno de los artistas más admirados de todas las épocas. Un prodigio de la naturaleza con una increíble capacidad de asimilación de nuevas técnicas y tendencias, que logró sintetizar en un reconocible estilo propio.

Como pintor y arquitecto, desplegaba un talento comparable al de Miguel Ángel. Aunque, a diferencia de éste, también tenía un don para la gente. Querido y respetado por sus contemporáneos, Rafael encarnó el ideal del hombre del Renacimiento: refinado, decoroso y equilibrado. Igual que sus pinturas.

Un gentiluomo cuya armoniosa forma de ser no sólo se traduciría en sus diseños. También se haría patente en las relaciones con sus comitentes, en la gestión de los encargos y, más destacable para esta época de agresiva competitividad, en la colaboración con otros artistas.

Vasari nos cuenta con asombro como Rafael consiguió revolucionar por completo el concepto de “taller” en torno al cual se venía estructurando la labor pictórica desde la Edad Media.

En vez de limitarse a unos cuantos aprendices, el visionario artista puso en marcha una especie de factoría que le permitió aglutinar bajo su nombre de maestro a más de 50  ayudantes. Muchos de ellos, pintores experimentados -provenientes tanto de Italia como de otras partes de Europa- que subcontratarían, a su vez, a equipos enteros. Así, trabajando en la factoría nos encontramos a destacados personajes como Giulio Romano, Gianfrancesco Penni, Perino del Vaga o Polidoro da Caravaggio.

Este sistema le otorgaría a Rafael la posibilidad de aceptar proyectos de gran envergadura y llevarlos a cabo con una calidad impecable. Y también contribuiría a que, después de su muerte en 1520, su estilo se difundiera por el resto del continente, de la mano de sus antiguos colaboradores que habían salido de Italia en busca de mejores oportunidades.

Rafael Sanzio: La escuela de Atenas (1510-11), Museos Vaticanos.
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Rafael Sanzio: La escuela de Atenas (1510-11), Museos Vaticanos.

Durante su corta vida, Rafael alcanzó una fama inigualable y el derecho a descansar bajo la majestuosa cúpula del legado clásico. La inscripción que ilumina su tumba emplazada en el Panteón nos permite hacernos una idea de como sus contemporáneos lo percibían: “Aquí yace Rafael, por el que en vida temió ser vencida la naturaleza, y al morir él, temió morir ella.”

¿Hay algo más bello que se pueda decir de un creador?

 

Elisabetta Sirani: la creación de una escuela

Elisabetta Sirani fue una brillante pintora barroca de la Escuela de Boloña que logró romper los prejuicios de género de su época y alcanzar proyección internacional.

Era hija de Giovanni Andrea Sirani, el principal ayudante de Guido Reni, cuyo estilo influye de manera decisiva en la forma de pintar de esta artista. Algo comprensible si pensamos que la formación de Elisabetta queda restringida a su taller paterno. Por ser mujer, no le estuvo permitido acceder a una academia ni practicar el dibujo de desnudos con modelos vivos. Pero ni siquiera trabas como éstas pudieron desviarla de su camino.

A los 19 años ya era pintora profesional y, cuando su padre enfermó de gota, se puso al frente del taller familiar. Aparte de sus hermanas Barbara y Anna Maria, tuvo otras doce discípulas, algunas de las cuales llegaron a ejercer como pintoras. Una pionera escuela para formar a mujeres en una profesión que les había estado reservada a los hombres.

A pesar de su temprana edad, Sirani alcanzó una fama notable. Recibía muchos proyectos y trabajaba diligentemente. Sobre todo realizaba pinturas religiosas, aunque también abordó temas históricos, siendo una de las primeras mujeres en especializarse en este ámbito.

Destacan sus representaciones de heroínas bíblicas -como Judith- y de la antigüedad clásica, como Porcia Catonis. Mujeres desplegando fortaleza y teniendo que demostrar su valía, algo con lo que Elisabetta se debía de sentir muy identificada.

Elisabetta Sirani: Porcia hiriéndose en la pierna (1664) Fondazione Carisbo, Bologna
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Elisabetta Sirani: Porcia hiriéndose en la pierna (1664) Fondazione Carisbo, Bologna

Aunque tuvo que exhibir su talento públicamente para tal efecto, Sirani logró dejar claro que su obra y su firma merecen un lugar destacado en la Historia del Arte. No sólo por su prolífica producción artística, sino por su visionaria iniciativa de abrir la puerta para que otras mujeres pudieran acceder al oficio de la pintura.

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