Un dormitorio estrecho, tapizado con pósteres propagandísticos donde predomina el color rojo. Algunos dibujos preparatorios y un extraño artilugio propulsador. Una improvisada maqueta de cartón con una vista de la Tierra desde la estratosfera. Trozos de yeso que lo impregnan todo y un agujero en el techo por donde penetra la luz.

El hombre se atrevió a soñar. Dejó atrás sus modestas pertenencias y salió volando al espacio con tanta prisa que olvidó ponerse los zapatos.

El hombre que voló al espacio desde su apartamento es una instalación ideada en 1984 por el artista de origen ucraniano Ilya Kabakov en referencia al modo de vida de la URSS y la obsesión con la carrera espacial durante la Guerra Fría. Una instantánea que ilumina con un toque de humor las previsiones de George Orwell para dicho año.

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Ilya y Emilia Kabakov: El hombre que voló al espacio desde su apartamento. Instalación realizada por primera vez en el estudio del artista en Moscú (en 1985) para luego ser expuesta– con ligeras variaciones- en instituciones emblemáticas como el Centro Georges Pompidou de Paris (1989), el MOMA de Nueva York (1995) o la Tate Gallery de Londres (2017).

Espacios y objetos

La instalación se podría definir como la huella de una acción congelada en el tiempo. Una forma experimental artística que surge en la década de 1960, partiendo de las ideas de Marcel Duchamp sobre la reasignación de sentido para los objetos cotidianos, transformados en obras de arte que invitan a la reflexión.

No obstante, mientras que en Occidente la instalación gira en torno a la pieza, en la Europa Oriental la atención se dirige a un espacio concreto: a la atmósfera general de una situación.

En este caso, a la atmosfera claustrofóbica de un pequeño dormitorio donde vivía un hombre que soñaba con volar. Lejos. Hacia lo alto. Alcanzando el ámbito reservado a las estrellas.

Como lo había hecho Yuri Gagarin en 1961, convirtiéndose así en el gran héroe contemporáneo de una renovada gesta patria.  En una leyenda que versaba sobre un nuevo tipo de humanidad y sus capacidades. En el símbolo de lo que una colosal empresa colectiva podía lograr: tocar el cielo. Explorarlo. Colonizarlo…

En nombre del progreso, del avance tecnológico y del talento al servicio de la utopía marxista. Para dejar clara la superioridad militar de un bloque frente al otro. Demostrar a sus ciudadanos que ellos se encontraban en el lado correcto de la Historia. Desviar las miradas hacia el éter.

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V. Válikov: Poster con Yuri Gagarin (1961). Leyenda: “¡Gloria a la ciencia soviética! ¡Gloria al hombre soviético, el primer cosmonauta!”.

 

Límites y cielos

Porque el cielo ya no era un límite. Y, sin embargo, la vida en la Tierra seguía llena de ellos. Normas que dictaban lo que se podía decir, leer y pensar… Dónde se podía ir, con quién y con qué propósito estando -como estaban- las fronteras de la URSS cerradas para la gran mayoría.

Una mayoría uniformada que amanecía en viviendas estandarizadas, de paredes finas, invadidas por himnos y folletos propagandísticos. Obligada a encajar en una forma de ser homogeneizadora que debía satisfacer a todo el mundo por igual. Una mayoría que preciaba la identidad colectiva por encima de la individual y que veía reflejados sus valores en rostros como el de Yuri Gagarin.

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Dibujo preparatorio para el poster central de la instalación. Una vista nocturna del Kremlin, con la Torre Spasskaya, arrojando rayos de luz que recuerdan a los focos de una cárcel. Paradójicamente, estos rayos establecen un marcado paralelismo con las cuerdas del extraño artilugio que propulsa al hombre de manera clandestina hacia el espacio.

Un proyecto común para un futuro brillante que no contemplaba palabras como “intimidad” o “alma”. Pero el hombre se atrevió a soñar y entonces los cánones universales de la utopía se le quedaron estrechos. La atmósfera general se tornó sofocante. La necesidad de salir de allí, imperiosa. Esto es lo que describe el artista Ilya Kabakov en relación a esos años y a su obra:

“Aún así, muy a menudo, sabía muy bien de qué quería huir, pero no sabía cuándo y cómo hacerlo. A decir verdad, en la mayoría de los casos en que quería ejecutar este deseo no se cumplió: quería pero no pude. Lo que interfirió fue lo que siempre interfiere con todos: una prohibición interna, miedo; una imposibilidad total de hacer esto ahora o en el futuro. La propiedad, la simulación, el miedo a las consecuencias, la ausencia de un objetivo, el motivo de la fuga, la incertidumbre de lo que sucedería después… A veces estaba listo para correr, pero una especie de fuerza, completamente irracional, literalmente me enraizó. […] Pero la locura, la necesidad inevitable de correr, desaparecer, desaparecer de este lugar está viva incluso ahora, mientras escribo.”

Vuelos y miradas

Ilya logró salir de Rusia en la década de los ’80 y exponer su arte alrededor del mundo. Las instalaciones que concibe junto con Emilia Kabakov –su compañera en todos los sentidos- hablan siempre de contextos que intentan reducir la condición humana a parámetros estandarizados.

Escenarios en la perspectiva de alguien que ya se posiciona lejos –como el hombre que voló al espacio- y vuelve la mirada para ver con claridad lo que ha dejado atrás…

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Foto de la instalación exhibida durante la exposición Ten Characters (1988). Ronald Feldman Fine Arts, Nueva York.

Un dormitorio estrecho, tapizado con pósteres propagandísticos. Los zapatos. Un agujero en el techo por donde penetra la luz y gente que lo observa boquiabierta. Sus vecinos. El personaje colectivo…

Nadie entra. Se limitan a contemplar la habitación con el desconcierto reservado para el ámbito de un milagro. O para la escena de un crimen…

Las huellas siguen allí. Pero el hombre que se atrevió a soñar y voló al espacio desde su apartamento es el gran personaje ausente. Un cosmonauta ilegítimo que se apropió del sentido primario de la ou-topía: no estar en ningún lugar. Ser libre.

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