William Blake, un titán del arte plástico y de la literatura universal, fue también un explorador de los misterios de la mente y del espíritu. Alguien que dibujó con el trazo de un artista, escribió con la pluma de un poeta y miró el mundo con los ojos de un visionario. Comprendió la “creación” en su sentido más genuino. Por tanto, sus obras no se limitan a retratar la naturaleza de una manera mimética, sino que se adentran en dominios filosóficos y sagrados, intentando trascender los confines de nuestra realidad.

“Ver un Mundo en un Grano de Arena

Y un Cielo en una Flor Silvestre,

Sostener el Infinito en la palma de tu mano

Y la Eternidad en una hora.”

 

(William Blake – Augurios de Inocencia)

Los primeros pasos de un artista

 

Nacido en 1757, en Londres, William Blake fue un niño prodigio. Su espíritu inquieto y su percepción única del mundo se manifestaron desde una edad temprana. Dejó el colegio a los 10 años. Siguió educándose en casa, con su madre, Catherine Wright Armitage. Ella desempeñó un papel crucial, nutriendo su talento naciente y dejando que su alma artística floreciera.

Un episodio que marcó profundamente la infancia de Blake fue cuando, a los cuatro años, afirmó haber visto a Dios asomándose a través de su ventana. Este fue el inicio de una vida plagada de visiones místicas y experiencias sobrenaturales. Sus encuentros con ángeles en los campos y la aparición del profeta Ezequiel bajo un árbol, no eran fantasías para él, sino el tejido vivo de su realidad.

Empezó a tomar clases de dibujo del grabador James Basire, con quien permaneció hasta los 21 años, cuando se convirtió, él mismo, en un grabador profesional. Durante esta etapa, Basire lo envió a dibujar imágenes de las iglesias góticas de Londres. Así, el estilo de la Abadía Westminster y algunas experiencias que este espacio le brindó (como una visión de una procesión de monjes cantando) influyeron en sus ideas artísticas posteriores.

En 1779 ingresó en la Academia Real, por un periodo de 6 años. Allí, se rebeló ante los convencionalismos estéticos impuestos (que seguían a pintores como Rubens, muy de moda en aquel momento). Y también, ante la actitud del director de la escuela, Joshua Reynolds, quien buscaba una “belleza general” en el arte. Frente a esto, William Blake prefería el encanto de las particularidades y la precisión de los clásicos que había admirado desde niño, como Rafael y Miguel Ángel.

“Debo crear un sistema o ser esclavizado por el de otro hombre.

No razonaré ni compararé: lo mío es crear.”

 

(William Blake – Jerusalén)

 

Escalera de Jacob (1805) pluma, tinta y acuarela sobre papel, Museo Británico, Londres.

William Blake: Escalera de Jacob (1805) pluma, tinta y acuarela sobre papel, Museo Británico, Londres.

 

William Blake y la búsqueda de la Verdad a través del arte

 

En 1781, William Blake se casó con Catherine Boucher, una mujer iletrada a la que enseñó a leer y a escribir y también introdujo en el oficio del grabado. Establecieron su residencia en Londres, que solo dejaron en una ocasión, para mudarse por una temporada a Felpham, una pequeña localidad de West Sussex. Ella se convirtió en su compañera de trabajo y apoyo incondicional, ayudándolo a iluminar algunos de sus libros más importantes, como Canciones de Inocencia y de Experiencia.

Gracias a esto, Blake pudo cultivar su pasión por la poesía, sumergiéndose en un universo estético único, dominado por la supremacía de la imaginación. Para él, el arte era la llave del alma humana: un vehículo que permitía la exploración y la revelación de verdades ocultas. Por tanto, la obra artística (hija de la imaginación) debía cruzar lo material y conectar con lo espiritual a través de un mosaico de ideas, metáforas y simbolismos que transmitieran mensajes trascendentales.

 

La crítica al modelo científico

 

Le molestaba la mirada materialista de la sociedad de su época, transformada por la Ilustración y cada vez más limitada por lo racional. Llegó a decir que “El arte es el árbol de la vida. La ciencia es el árbol de la muerte.”

Plasmó esta idea en una de sus obras más conocidas: Newton. En ella, representa al ilustre físico a la manera de un ángel caído que intenta reducir el mundo a un modelo inerte, de dos dimensiones. Newton aparece desnudo, agachado sobre una roca que evoca los abismos marinos. Atrapado en su caverna de rigidez analítica, permanece insensible a la belleza de la vida que le rodea. Personifica la ciencia que se niega a percibir nada más allá de lo meramente material. Su cuerpo, majestuoso y definido como una obra de Miguel Ángel, se muestra tan limitado y anguloso como el compás que sujeta, simbolizando el pensamiento encorsetado que William Blake tanto criticaba.

William Blake: Newton (1795) grabado, pluma, tinta y acuarela sobre papel, Tate Gallery, Londres.

William Blake: Newton (1795) grabado, pluma, tinta y acuarela sobre papel, Tate Gallery, Londres.

 

«Las tenues ventanas del alma de este mundo

Distorsionan los cielos de polo a polo.

Y te llevan a creer en una falacia,

Cuando miras con el ojo, no a través de su gracia.»

 

(William Blake – El evangelio eterno)

 

William Blake: el legado profético de un poeta

 

En su cúspide creativa, William Blake fusionó el arte con sus visiones proféticas, encuentros celestiales y revelaciones divinas. Sus obras maestras, como Jerusalén y La boda del cielo y el infierno, trascienden lo mundano, para unir pintura y poesía en un diálogo sublime. Sus alegorías diseccionan la relación entre lo divino y lo humano, el bien y el mal, la razón y la pasión, confrontando los paradigmas establecidos.

Dentro de este corpus mitológico brotado de su imaginación, Blake forjó un universo donde los opuestos coexisten en tensión y complementariedad, brindando un lenguaje simbólico único, capaz de explorar los rincones más profundos de nuestra condición. Revelando una verdad primaria: estas dualidades que se necesitan mutuamente, tienen su fuente en el corazón humano.

Sin embargo, la sociedad en la que vivió no supo acoger estas revelaciones con el entusiasmo que se merecían. Si hubiera nacido algunos siglos antes, William Blake habría sido considerado un privilegiado por tener visiones. Nadie habría cuestionado su genio. Pero tuvo la mala suerte de nacer en una época de creciente materialismo, donde tales estados quedaban relegados a la periferia de la conciencia.

No hay ningún otro artista británico de esta envergadura que haya contado con tan escaso reconocimiento a lo largo de su vida. William Blake murió pobre y su esposa Catherine necesitó pedir dinero prestado para pagarle el funeral.

No obstante, tuvo una vida plena en muchos otros sentidos. Su extraordinario legado fue rescatado por generaciones posteriores de artistas que supieron ver en él una ventana hacia otra forma de mirar. Prerrafaelitas como Dante Gabriel Rossetti, surrealistas como Paul Nash y hasta exponentes de la contracultura beat de los ’60 como Bob Dylan, le rindieron homenaje a través de sus propias creaciones. Regalándonos un arte que apunta a la trascendencia sin renunciar a la belleza. Cantos llenos de misterio que saben vislumbrar lo eterno en lo efímero y “un Mundo en un Grano de Arena”.

Skofeld llevando grilletes forjados por la mente (1804-20) grabado y acuarela sobre papel, Centro de Arte Británico de Yale.William Blake: Skofeld llevando grilletes forjados por la mente (1804-20) grabado y acuarela sobre papel, Centro de Arte Británico de Yale.

 

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