Los colores son parte fundamental de nuestra forma de ver la vida. Un elemento clave del mundo que nos rodea. Pero… ¿Cómo puede un color -por sí mismo- transmitir una emoción? ¿Cómo un pigmento puede ser capaz de contener una vivencia?

Se trata de preguntas antiguas, que han dado mucho que reflexionar a numerosos artistas y filósofos. Porque intuimos que en el mundo cromático se esconde algo que trasciende las barreras culturales. Algo profundamente humano que habita en la percepción de las tonalidades. Una cuestión que se hace palpable con obsesiva intensidad en la obra de Mark Rothko.

La historia  de este artista se puede resumir como una trágica búsqueda que acaba en los campos de color del Expresionismo abstracto, con todo el frenesí que rodeaba a este movimiento en los Estados Unidos de mediados del siglo XX.

El trauma de Europa

Pero empecemos por el principio… Mark Rothko nace el 25 de septiembre de 1903 en el seno de una familia judía de Latvia (actual Letonia) que en aquel entonces formaba parte del Imperio Ruso.

Aunque su padre era adepto de la doctrina marxista, Mark fue inscrito con cinco años en un Jéder (escuela elemental que enseña las bases del judaísmo y del hebreo), siendo el único de sus hermanos en recibir una educación religiosa.

Para escapar de la pobreza y del creciente antisemitismo que asomaba su horrible rostro en Europa, la familia decidió migrar a EEUU. De este primer período europeo, Rothko recordaría la sensación de miedo y un primer trauma infantil, que mencionó en varias ocasiones:

“Los Cosacos se llevaron a los judíos del pueblo hacia los bosques y les hicieron cavar una fosa común […] Imaginé esa tumba cuadrada tan claramente que no estaba seguro si realmente la masacre ocurrió durante mi existencia. Siempre estuve atormentado por la imagen de esa tumba y que de alguna manera profunda estaba encerrada en mi obra pictórica.”

Mark Rothko: Entrada al metro (1938), óleo sobre lienzo, Colección privada.
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Mark Rothko: Entrada al metro (1938), óleo sobre lienzo, Colección privada.

Los Rothkowitz llegaron a Portland (Oregon, EEUU) en 1913. Aquí Mark destacó por su viva inteligencia, graduándose con honores del Lincoln High School a los 17 años. Tanto que recibió una beca para acudir a la Universidad de Yale, un ambiente que el joven satirizaría como elitista, burgués y racista. Al no poder pagar las altas matriculas cuando se le acabó la beca, abandonó este prestigioso centro de enseñanza donde sólo volvió 46 años más tarde para recibir un título honorífico.

El amor por la pintura

Pero lo que transformó su vida por completo fue su primera estancia en Nueva York, cuando – visitando a un amigo de la Liga de Estudiantes de Arte- se enamoró de la pintura:

“Entonces un día resultó que presencié una clase de arte, con el motivo de encontrarme con un amigo que estaba asistiendo al curso. Todos los estudiantes estaban realizando un bosquejo de una modelo desnuda, y en ese momento decidí que esa era la vida para mí.”

Rothko ingresaría en la Escuela de Diseño Parsons, donde tendría la suerte de estudiar con Arshile Gorky y Max Weber, pintor de Vanguardia cuya visión cubista del mundo supondría una influencia decisiva en las primeras creaciones de nuestro protagonista.

Mark Rothko: Aves jerárquicas (1944), óleo sobre lienzo, National Gallery of Art, Washington, DC.
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Mark Rothko: Aves jerárquicas (1944), óleo sobre lienzo, National Gallery of Art, Washington, DC.

Mark era un lector voraz con una mente inquieta. Su contacto con las obras de Jung le hizo entender el rol de la mitología y el sentido del arte como expresión del drama cósmico. También leyó a Nietzsche que le convenció de la existencia de un vacío espiritual ocurrido tras la proverbial “muerte de Dios”, cada vez más patente y dañino, que el insólito artista decidió llenar con sus cuadros.

Así, en una entrevista con el crítico de arte Seldon Rodman -que lo había descrito como «maestro de las armonías y las relaciones cromáticas a escala monumental» – Rothko dijo lo siguiente:

«No soy un pintor abstracto… No me interesan las relaciones del color, ni de la forma, ni nada; lo único que me importa es expresar mis emociones humanas básicas: tragedia, éxtasis, muerte. La gente que llora ante mis cuadros tiene la misma experiencia religiosa que yo cuando los pinté.»

Aunque ésta es la época en la que Rothko abandona la vertiente surrealista para abrazar la abstracción, sus cuadros siguen conservando algo de la forma antigua de entender la pintura: la importancia del tema. Esto nos queda claro si leemos el breve Manifiesto de 1943 que este artista idea junto con Adolph Gottlieb, donde afirman:

«No existe la buena pintura acerca de nada… El tema es crucial, pero sólo es válido cuando es trágico y atemporal. Es por esto por lo que profesamos una afinidad espiritual con el arte primitivo y arcaico.»

El color de la tragedia

Mark Rothko dedicaría el resto de su vida a explorar las posibilidades expresivas del color. Manchas de forma cuadrangular que vibran, unas contra otras, expandiéndose y contrayéndose sobre un fondo plano. En lienzos de gran formato que no sólo abren una ventana hacia el arte, sino campos enteros de color en los cuales podemos adentrarnos.

Mark Rothko: N. 6: Violeta, Verde y Rojo (1951), óleo sobre lienzo, Colección privada.
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Mark Rothko: N. 6: Violeta, Verde y Rojo (1951), óleo sobre lienzo, Colección privada.

Esta pintura cobra sentido cuando la miramos de cerca, detenidamente. A unos 45 centímetros, según la recomendación de su creador, si el personal del museo nos deja. Pasados unos momentos, las infinitas veladuras, con sus distintos tonos, empiezan a tornarse presentes.

En esos instantes, el mundo exterior enmudece para dejar paso al color… No existe nada más que el color, con toda la emotividad que éste continente. Campos de colores que nos envuelven y que nos intoxican. Que nos presentan la magia del universo plano de la pintura. Que nos transmiten amor y drama a partes iguales. Tensiones cósmicas, epifanías del espíritu y experiencias religiosas en su estado más puro.

Mark Rothko resolvería de esta manera la cuestión que hemos planteado al inicio del artículo. Sin embargo – como suele ocurrir en las tragedias griegas- no fue capaz de superar muchos de los problemas que su propia existencia le traería. Presa de la enfermedad, de las contradicciones morales y de la depresión, este artista acabó quitándose la vida el 25 de febrero de 1970, a la edad de 66 años.

Para escapar, quizás, de los crueles avatares del mundo real hacia los fantásticos universos coloridos que él había creado. Para dejarnos reflexionando acerca de la importancia de la salud mental y de la fina línea que separa la genialidad de la locura… Una línea cortante, apenas perceptible -como la de sus últimas obras- que abre paso del gris al negro…

 

Mark Rothko: Negro sobre gris (1969) óleo sobre lienzo, Tate, Londres.
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Mark Rothko: Negro sobre gris (1969) óleo sobre lienzo, Tate, Londres.

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