La cabeza le iba a estallar no podía creer que lo que tenía delante era un cuadro. “No es posible” las formas se desintegraban, las pinceladas saltaban de un lado a otro como si fueran el resultado de una lluvia multicolor, los colores se descomponían en pequeños fragmentos que a su vez formaban colores nuevos. Mirara donde mirara no conseguía comprender que las formas estaban y no estaban, aparecían y desaparecían, brillaban y se ocultaban.

Dio un paso atrás, se alejó del lienzo y de pronto comprendió lo que pasaba, los colores dan la forma y no al revés. Así Kandinsky descubrió el impresionismo, gracias a aquella exposición de pintura francesa que por primera vez se mostraba en Moscú en 1895. Jamás había visto nada parecido. Es la pintura pura, todo lo que había visto antes, toda aquella pintura natural, real, ideal era una ficción absurda establecida por una serie de académicos.

La vida resuelta

Kandinsky continuó con su trabajo de profesor de Derecho en la Universidad de Moscú, su vida se desarrollaba en torno a la universidad, sus estudios de economía, derecho y etnografía le proporcionaban un currículum académico envidiable, posiblemente, su vida con apenas 30 años estaba encauzada pero aquellos almiares de Monet, aquella pincelada impresionista le rondaba por la cabeza, el color y la forma por encima del objeto. Quizá fueran tonterías, pero no podía dejar de pensar en ello, cada vez estaba más convencido de que el arte poseía una fuerza que arrastraba todo lo que estaba a su paso. Recordaba su viaje de estudios a Vologda en el norte de Rusia donde encontró a personas vestidas de gris con la piel amarilla, con casas multicolores, entrar en sus casas era como habitar en un cuadro. Como el interior de una obra impresionista, como el interior de los almiares de Monet.

La gota que colmó el vaso

De todas formas, el vaso se colmó un año después. En el Teatro Bolsoi se representa la ópera Lohegrin de Richard Wagner. El caballero Cisne que salvará a Elsa de una falsa acusación de asesinato, con la que se casará y tendrá que abandonar por ser fiel al código de los Caballeros del Grial. Las leyendas medievales y mágicas serán la excusa perfecta para que Wagner despliegue su arsenal Romántico y que hará temblar a Kandinsky en la butaca del teatro. Aquellos violines infinitos del preludio del primer acto son irresistibles, el viento parece moverse acariciando las espigas de heno de los cuadros de Monet. La música se convertirá en color. La decisión estaba tomada: abandonar su trabajo de profesor para estudiar Bellas Artes en Múnich, para comenzar la búsqueda de la obra de arte total.

Ya nada volverá a ser lo mismo, su vida cambió por completo. Su trabajo se centrará en demostrar que la labor del artista conlleva una responsabilidad que va más allá de la mera representación de la naturaleza, sino que puede llegar hasta el fondo de nuestras almas, de esta forma cambiará también la Historia del Arte.

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Amarillo, rojo y azul, 1935
Kandinsky

 

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