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La Rutina

La rutina era la siguiente: es imposible madrugar si te has acostado a las cuatro de la mañana o quizá eran las cinco. El sabor seco de la absenta llega hasta el cerebro. Los dibujos quedarán en los manteles del Moulin Rouge, o de La Galette o de Le Mirliton… ahora no es fácil recordar el sitio donde terminó ayer, sin embargo, en la memoria permanecen los movimientos de Jane Avril, sus formas, su elegancia, también permanece el bullicio, el ruido, la música, las carcajadas, los llantos. Aquello permanece en su cabeza en forma de imágenes.

Una vez el cuerpo se olvida de que es cuerpo, no tiene constancia del dolor físico, quizá por eso el alcohol le acompaña desde primera hora, consigue anestesiarlo y, a veces, dormir el alma. Los carteles no son un problema, dibujar no es un problema es una solución. Las mañanas dedicadas a las litografías sirven para resumir su ambiente, para contarlo de la forma más concreta.

 

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Jane Avril Henri Toulouse Lautrec,1899 Litografía

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Recuerda sus dibujos de caballos, aquellos caballos musculosos, ágiles y dóciles al mismo tiempo, fueron un intento de ganarse a su padre. No lo consiguió. Sus huesos no le permitieron montar en uno de ellos. Jamás pudo demostrar a su padre que era capaz de dominar su entorno. En sus cuadros ya no aparecen esos caballos salvo los del circo… Quizá papá venció o, al menos, originó su desencanto y provocó a su talento.

 

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Autorretrato, 1880, Henri de Toulouse-Lautrec

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alza la cabeza hacia el espejo, a contraluz es más sencillo, prefiere no acercarse demasiado, prefiere espiarse. Se ha descrito tantas veces que es consciente de no ser capaz de evitar la realidad. Su realidad es tan contundente que no le da tregua, no deja espacio a la salvación. Henri sabe que todo acabará pronto, solo su talento es el medio para mitigar su dolor ancestral. Su memoria fotográfica, su agilidad con el pincel, su pasión por el Arte serán su salvación.

Y quizá mamá.

Todas las tardes después de horas frente al caballete, algo más despejado del alcohol del mediodía se acicala. Su aspecto ante el espejo es el adecuado, formal, su figura patética le acompaña, pero, al menos no se tambalea. Es la hora de cenar con su madre en el centro de París. “Mamá me permitió todo, me protegió en la sombra”. Pero a Montmartre no quiso ir. Allí, Toulouse, te las apañas tú solo. El día que no vaya al centro de París no se que va a ser de ti.

Ese día llegó Henri, tus dibujos, tus cuadros, las prostitutas tratadas con dignidad, con respeto, sin juzgar su situación, simplemente humanizándolas como lo que son… humanas, más humanas que tú, Henri. Ellas no pudieron elegir. Tu pudiste tener una vida mejor, más cómoda pero entonces tu talento hubiese desaparecido, tu dolor hubiese crecido… quizá tampoco tuviste elección.

 

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Toulouse-Lautrec – “La cama” 1892

 

 

Llegó el momento, Mamá vuelve a Toulouse, no aguanta más, no tienes solución. La vida se esfuma en cada trago, en cada pincelada. Ya no es necesario resistir más. Sólo tus pinceles aguantarán el paso del tiempo, solo ellos soportarán el dolor, la parálisis, la locura.

Ahora todo acabó, muy rápido, muy despacio. Treinta y siete años eternos, por fin acabó. Tus mujeres te lo agradecerán siempre, nos contarán como somos, como se disfraza una sociedad cruel para alejarse de su verdadera naturaleza. Al final Henri, perdiste en tu empeño de destruirte. Al final fuiste eterno.

 

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