En 1900, el neurólogo de origen austriaco Sigmund Freud publicaba una de las obras más controvertidas y relevantes de la Historia. No sólo de la psicología, sino del pensamiento occidental contemporáneo: La interpretación de los sueños.

Una brillante tesis que disputaba la visión tradicional de los humanos como seres racionales, introduciendo conceptos tan revolucionarios como el inconsciente. En un intento de explicar el mecanismo oculto de la psique, que estaría influida irremediablemente por pulsiones eróticas y agresivas. Unos impulsos reprimidos en extremo dentro del contexto de una puritana sociedad que los había convertido en tabús, pero que se hacían notar –si bien de manera disfrazada- en los sueños.

Sus postulados causaron revuelo, críticas, risas nerviosas y rechazo contundente. Pero también asombro, interés y admiración por parte de muchos círculos intelectuales.

 

Sigmund Freud, musa del Surrealismo

Sin embargo, pocos acogieron estas nuevas ideas con tanto entusiasmo como los primeros integrantes del movimiento surrealista. Decepcionados por el evidente mal de la cultura europea -que se había demostrado capaz de devorarse a sí misma durante la Primera Guerra Mundial- buscaban una nueva manera de pensar, de crear y de ser en el mundo, alejada de los errores del pasado y de las limitaciones de la Razón.

Joan Miró: El Carnaval de Arlequín (1924-25), óleo sobre lienzo, Albright-Knox Art Gallery, Buffalo (EEUU).
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Joan Miró: El Carnaval de Arlequín (1924-25), óleo sobre lienzo, Albright-Knox Art Gallery, Buffalo (EEUU).

 

Y esto es justo lo que encontraron en las teorías de Freud. Una visión de la mente humana que ampliaba su alcance a ámbitos misteriosos y fascinantes. Siniestros y maravillosos, al mismo tiempo. Facetas que se ocultaban, revelaban y transformaban con la poesía de un sueño. Un terreno inexplorado donde poder conjugar realidad, alma y arte de una forma nueva, eminentemente distinta de la tradicional. Libre, como la vida.

Así, este deseo presente en el Psicoanálisis de reencontrar una naturaleza vital primaria, se hace también patente en uno de los poemas de André Bretón -principal teórico y líder del movimiento surrealista:

“Primero la vida a esos prismas sin espesor así los colores sean más puros

Primero a esta hora siempre gris a esos terribles automóviles de frías llamas

A estas piedras reblandecidas

Primero este corazón trabado

A esta ciénaga de murmullos

Y a este blanco tejido cantando a la vez en el aire y en la tierra

A esta bendición nupcial que une mi frente a la de la vanidad total

Primero la vida”.

De hecho, el surrealismo no sólo encuentra inspiración en la doctrina psicoanalítica para sus teorías, sino también para sus prácticas. El mismo Breton nos relata este hecho de la siguiente manera:

“Completamente ocupado como estaba todavía con Freud en ese tiempo, y familiar como yo estaba todavía con sus métodos de examinación […]. resolví para obtener de mí mismo lo que nosotros estábamos intentando obtener de los (pacientes), a saber, un monólogo hablado tan rápido como posible, sin ninguna intervención sobre la parte de las facultades críticas […]. no comprometido por la menor inhibición.”[1]

El escritor aboga aquí por la expresión espontánea, inmediata e in-mediada por la Razón. Esto es el automatismo de raigambre dadaísta, que tan popular se hizo entre los círculos surrealistas. El inconsciente plasmado directamente sobre el soporte, usando nuevas técnicas como el frottage o la decalcomanía. Para facilitar la pérdida de control sobre el resultado final por parte del artista.

Pero había mucho más que esto. Según la psicóloga y escritora Lichi Garland, Dalí y sus primeros compañeros “organizaban encuentros experimentales con el inconsciente, a través de sueños provocados, drogas o hipnosis”[2], unas arriesgadas prácticas desestimadas y desaconsejadas incluso por los más abiertos representantes del Psicoanálisis.

 

El rechazo de Freud a los surrealistas

Freud reconocía la importancia del arte y la labor creadora como una especie de sublimación de los impulsos primarios, metamorfoseados en algo socialmente aceptado y estéticamente placentero. Sin embargo, rechazó en continuadas ocasiones la invitación a asociarse con este movimiento que lo había convertido en su santo patrono.

Es más, en uno de los  intercambios epistolarios con André Breton, afirmó lo siguiente:

“A pesar de que recibo tantas pruebas del interés que usted y sus amigos tienen por mis investigaciones, yo mismo no soy capaz de aclararme qué es y qué quiere el surrealismo. Quizá no estoy hecho para comprenderlo, yo que estoy tan alejado del arte.”

Se ha especulado mucho acerca de las razones subyacentes a esta frialdad que Freud mostraba hacia un grupo que lo idolatraba abiertamente. No obstante, la más obvia de todas es que el padre del Psicoanálisis tampoco lo tenía fácil a la hora de ver aceptados sus descubrimientos dentro del campo de la medicina, del que orgullosamente formaba parte.

Ya había causado demasiado revuelo con su visión de la sexualidad en una sociedad decididamente puritana. Ahora quería presentar unos postulados que aguantaran las críticas positivistas. Fundamentar sus revolucionarias teorías según las normas de la comunidad científica. Ser respetado por ésta. Y la asociación a un grupo de artistas que jugaban sin escrúpulos con lo ridículo y la locura, no lo ayudaba en absoluto.

Algunos de los surrealistas tampoco encajaron bien este rechazo. Tras su primer encuentro – ocurrido en 1921 en la casa de Freud de Viena- Breton lo describió como  a un “pequeño hombre viejo sin estilo, quien recibe a clientes en una lamentable oficina digna del vecindario[3], mientras que Dalí lo llamó “cabeza de caracol” a su peculiar manera.

Salvador Dalí: Retrato de Freud (1930), tinta sobre papel, Museo Freud de Maresfield Gardens, Hampstead (U.K.).
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Salvador Dalí: Retrato de Freud (1938), tinta sobre papel, Museo Freud de Maresfield Gardens, Hampstead (U.K.).

 

La pervivencia de un sueño

 

Aun así, la admiración pudo más que el despecho. Dalí se siguió mostrando enormemente interesado en las opiniones del psicoanalista sobre las cuales interrogaba constantemente a su amigo común, el escritor Stefan Zweig. Por su lado, André Breton lo mencionaba en el Diccionario surrealista de 1938 con las siguientes palabras: “Viva Freud, el gran sabio vienés”.[4]

Porque -más allá de las circunstancias y de los egos- Freud y los surrealistas compartían un sueño común: la liberación de los seres humanos del sofocante corsé impuesto por la Razón.

 

 

[1] Esman, A. (2011) “Psychoanalysis and surrealism: André Breton and Sigmund Freud” Journal of the American Psychoanalytic Association, n. 59, 173-181, p. 173.

[2] Garland, L. (2005). La influencia de Freud en el surrealismo de Dalí (tesis inédita de maestría), Universidad Pontificia Católica del Perú, Lima, Perú, p. 60.

[3] Esman, A. (2011) “Psychoanalysis and surrealism: André Breton and Sigmund Freud” Journal of the American Psychoanalytic Association, n. 59, 173-181, p. 174.

[4] Breton, A. y Eluard, P. (2003) Diccionario abreviado del surrealismo, Madrid: Siruela, pp. 42–43.

 

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