Autor: Sergio Delgado

El destino es el mar, donde puedes nadar hasta la orilla o ahogarte, un destino  incierto pero a veces mejor que el presente, mejor que la realidad. Max Beckmann (Leipzig 1884, Nueva York 1950) quizá pensó así en su viaje en barco desde Ámsterdam  a Estados Unidos. Quizá por eso pintó el cuadro Camarotes (1948). No era un viaje de placer, era una huida, de nuevo una huida. De nuevo el exilio.

Beckmann conoció el éxito como pintor y como profesor, aquello no parecía ser suficiente para poder expresar la condición humana en sus cuadros. Se alistó voluntario en la primera guerra  mundial con el fin de reconocer los sentimientos más extremos del ser humano. Al menos sobrevivió, su vida cambió y su pintura también. Aquella pincelada de origen impresionista desapareció, sus autorretratos se convirtieron en críticas sociales y en cuestionamiento de la sociedad que le rodeaba. Su pintura fue reconocida, su labor docente también, durante casi 20 años sus cuadros reflejaban la situación personal y política de una Alemania deprimida por una guerra que buscaba una escapatoria

Pero aquella salida fue más terrible aún, se llamó segunda guerra mundial, Hitler aprovechó todas las carencias de Alemania como consecuencia de la  primera guerra mundial para generar un movimiento que sometió a Alemania y pretendió dominar Europa. Beckmann fue incluido en la lista de Artistas Degenerados, sus cuadros desaparecieron de los museos, se destruyeron sus obras, más de 500 entre dibujos y cuadros, otras se vendieron en el mercado negro. Tuvo que huir a Ámsterdam al día siguiente de aquella grotesca inauguración de Arte Degenerado que organizó Hitler y Goebels en Múnich para ridiculizar a los artistas de vanguardia y, lo que es peor, para señalarlos y perseguirlos por no representar los ideales estéticos del nacionalsocialismo alemán.

En Ámsterdam, tuvo que comenzar de nuevo, diez años difíciles donde tuvo que ocultarse de los alemanes pero también tuvo que cuestionarse su propia identidad. Cuando los alemanes fueron derrotados él ya no pertenecía a ningún sitio: para los vencedores era un alemán para los vencidos un traidor. La única solución era huir.

De nuevo un futuro incierto, el mar como única salida, único vehículo para llegar o para ahogarse. Es posible que aquel transatlántico fuera como una ciudad donde cada camarote es una vida diferente con sus problemas, sus experiencias, sus alegrías, sus pérdidas. Pero es una huida obligada, es el exilio.

 

Beckmann mira al mar y apenas distingue su reflejo, ya no sabe quien fue, ni quien será. Sólo quiere recordar su niñez que plasmó en el tríptico El comienzo (1946-49) donde regalaba dibujos a sus compañeros de pupitre, donde jugaba con un caballo de cartón acompañado de su tío… no quiere contar nada más, su pasado infantil o su futuro incierto, el resto no le pertenece a él sino al destino que le dio todo y también se lo arrebató. Le mostró el éxito y el sufrimiento, la crueldad de la guerra, la hipocresía del dinero y la locura xenófoba de los nazis, todo aquello se queda imborrable en el alma como una herida sin cicatrizar.

Pero no es él, él tan sólo es el niño que jugaba o el adulto que huye hacia un destino incierto escondido en el horizonte infinito del mar.

 

Sergio Delgado

Noviembre 2018

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